viernes, 18 de noviembre de 2016

Jornada

Una bruma densa con quejidos de aves viejas. Una niebla se filtra por los rescoldos de mi mente. La parte rota de mi cabeza cual ventana, deja pasar también a las aves. Invaden las habitaciones, incluso a las que cubría con un velo por considerarlas puras. Invaden mis recuerdos, esos animales hambrientos rasgan las paredes, deshollan los muebles, vomitan los pisos. La niebla se extiende en mi habitación, la más reconfortante se ve disminuida a un chiquero, un desastre. Aves de largas uñas, patas flacas, de ojos verdes, de picos torcidos y podridos, esas aves pican mis sienes. Destruyen mi casa. Un hueco se abre en mi garganta. Se oprimen mis ganas de seguir. Hay días que no sé gritar. Hoy las aves posan sus patas en mi cabello y ríen, despedazan mi carne, no paran de graznar. No sé gritar, ni pedir ayuda. Soy la ruina de una hermosa pero débil casa.  Inmóvil, el día se termina, suplico la niebla cese y surjan nubes rosadas.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Enredo

Un ojo al hospicios donde guardo los recuerdos
Los más fétidos y mentirosos
Los que me dicen que decir o hacer sin conocerme
¿cómo entro en mí del todo?
Para desenmarañar los lazos
Que atan mi mente

miércoles, 9 de noviembre de 2016

La oscuridad no termina
Aún cuando las hojas doradas
Visten los días
Ser madre y ser sol
Incendiar las mañanas
Hacer trizas la noche
Con la fuerza de las flamas
Quemar el sueño la calma
Despierta
Con un pie en cansancio

martes, 8 de noviembre de 2016

Rocío y nieve

Para Euri
¿En tus sueños las avestruces son rosadas?
¿Para dónde miran los peces?
Estás libre de fauces y desequilibrados
En tu capullo de rocío y nieve
Duermes y sueñas que duermes
Mientras los alcatraces te alimentan
Con su leche dulce
Es invierno y creces
Lejos de los despistes mundanos
Duerme y sueña que duermes
Abrazado a tu flor favorita
En tu cuna azul
Donde estás a salvo
Alejado de las garras sucias de la tierra
La bruma besa tus mejillas
El aire peina tus cabellos
En tanto duermes y sueñas el eco de mi canto

sábado, 5 de noviembre de 2016

Ni sueñes que algún día cambiarás. La falda celeste y la araña en el cuello prevalecerán para molestar tu camino. Es un arácnido tenaz, nunca se da por vencido. Entra por las orejas hace nidos en el pabellón. Se queda quieta esa araña y espera enterrar sus colmillos en la cabeza. Hace daño causa mucho dolor. Me hace pensar como un bombardeo.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Araña que amó

Soy una arañita en la esquina de tu cuarto, vigilo tus movimientos. Ladeas los ojos, tus manos sujetan la luz del medio día. Exhalas nubes, huelen primero a ti y después a la muerte precoz. De bajo de la repisa la paso tejiendo fantasías para mi consuelo. En silencio resbalo hacia tu boca ¿no quieres torturarme bajo tu lengua?
Puedo meterme entre tus dedos mientras duermes. Soy capaz de oler tu gorro gris con resquicios de jabón y sudor, cada mañana. Todo lo hago con tal discreción que no me has aplastado. Pero qué lejos teje la araña, qué repugnante debe ser comer moscas y después besarte. Qué ganas de querer insectos grises cuando hay alas de seductores tintes. Cuando en tus días más prósperos las exóticas damas y amapolas te sedujeron.
Recolecto tus cabellos, muchos de ayer, los recuento, algunos huelen a hembras de otoño y otros a las desconocidas por la tierra. Te gustan mucho las voladoras. Con tu pelo construyo una red. Me acurruco bien en medio de ella. Machuco ese espacio que conforma mi amor propio y en mi imaginación mapeo tu cuello, tus cejas, ¡qué desesperación!
Me levanto y pregunto, ¿por qué eres tú tan especial?, ¡aún con ese cuerpo deshecho y sus modos desinteresados! Sólo porque sabes hablar maravillas y entretener a los frutos que caen del cerezo, del manzano, del peral; porque acaricias a las bestias y éstas te veneran, posees gracia en tu boca al grado de hacer reír a los mayores sapos. Porque te admiran los renacuajos mientras les das una palestra sobre la amistad; porque te son leales hasta los pastos que has pisado. Como buen amante de los vuelos no tienes tapujos para intentar viajes al infierno y tus labios son el dibujo de dos montañas. Porque eres calor en cualquier terrible enero, será que sabes encajarte en las maniobras de mis deseos.
¿Cuál es tu razón para caminar de esa manera, pisando con más fuerza con el pie izquierdo? ¿Por qué frunces las cejas y tus ojos parecen no mirar a nadie cuando los posas fijamente en algo? ¿Por qué siendo menos que ideal, eres el mejor espécimen que mis ocho ojos han podido mirar?

Bren Mar

martes, 13 de septiembre de 2016

Centinela

La carta que me escribiste
la única de paño gris,
la he perdido.

Como alimaña en su madriguera
busco y me retuerzo,
¿dónde estarán?
trazos olor a humedad.

Tus terribles garabatos
los rastreo,
lamo tus huellas,
hundo  mi nariz
en la fotografía:
te deseo
risa malévola,
mirada devoradora
de mi pequeño mundo.

Dónde está la carta
para sentirme querida,
para lisonjear mi vanidad
y recordar
que tu mano centinela
extrajo mi aliento.

Aguardaste afuera de mi cuerpo
con paciencia y ardor
hasta hallar el momento de embestir
mis miembros agitados.

Despojos míos
restos inútiles
¿dónde están las palabras
que tus dedos me dedicaron?

Bren Mar

viernes, 9 de septiembre de 2016

Las moscas

Quién quiere a las moscas
antes de dejarlas morir
antes de  verlas caer al estanque
de agua verde
quién les dedica un momento de silencio
después de aplastarlas contra el vidrio
donde los huevos quebrados
dan constancia de la permanencia
breve
de un volador insólito
de patas temidas
por vivir en el vertedero
por alimentarse de las sobras
en las esquinas
en un manglar citadino
por regocijarse en nuestros olvidos

BrenMar





viernes, 2 de septiembre de 2016

Compañía


Todos tenían un santo al cual rezarle. Eunice, incluso, había optado por un Arcangel. Ella decía que era ideal para un poeta, creo más bien que era ideal para su misticismo. Yo me sorprendí, en más de una ocasión y como la mayoría de la gente, hablando sola. El eco de mi voz se alojaba en las esquinas de la casa. Me reprendía yo misma "callate tonta". Mi deseo de destrucción: latente. Ardía por romper un par de orejas y morder el pecho de ese que no me entendía, aquél experimentadísimo hombre que me desdeñaba. Quizás yo por pensar demasiado me había hecho una imagen de él como un ser malévolo. A la vez lo deseaba y cada vez más porque ahora estaba lejos. Mis energías además, menguaban, no daban para destruir gran cosa, apenas podía abrir los ojos y disponerme a servirme un tazón de cereal.

Los días eran oscuros a mediados del siglo. Las cosas en el mundo no parecían ir muy bien. Transeúntes se arrodillaban y persignaban a cada momento. Las calles eran inevitables paseos de desconfianza. A veces desaparecían unos y se recriminaban entre cuadrillas la culpa. La gente armaba su fe ante crucifijos y rezos. Yo no tenía ángeles ni santos cubriendo mi espalda. Ninguno de ellos para despotricar mi maleza. Ninguna tragadora de mierda para purificarme. Ni siquiera abrazaba el ateísmo ni me aproximaba a las energías elementales del mundo. Entonces pensé en inventar algo, me dije, ¿qué hay de malo en inventarse una divinidad si es lo que se ha hecho siempre?  Un santo ideal para fornicar, para hablar con él y dormir acompañada. Un amante,sí, nada exigente, pero al cual le puede demandar atención, un compañero ideal.

Comencé a inventarlo. Su génesis: mis sienes, le pusé un par de mis cabellos y armé una figurita con migajón, después lo embadurné contra mi pecho para que tuviera un olor ácido. Un altar me pareció inadecuado, busqué una esquina donde la humedad dibujaba círculos concéntricos, sitio perfecto para rendirle devoción. Ahi, sobre el suelo, coloqué la figurita, me sentaba frente a ella para observarla y reírme. En ocasiones parecía reírse también. Qué más se podía pedir. El ruido crecía en las calles. Todos opinaban, daban una versión de los males del mundo y decían qué hacer para que las calles no se cayeran a pedazos mientras pisaban fuerte las banquetas y gritaban tan alto que los pajarillo caían muertos.

Me internaba en la casa con mi invención, mi santo de migajón. Si quería sentir el calor de mi santo debía cerrar los ojos, e imaginarlo más guapo que el monito de migajón. Una vez que su imagen se apoderaba de mi mente sólo debía llamarlo "ven, querido, ven a mí"y la casa olía a  cítricos algo muy próximo a la toronja. Su olor, su proximidad. "Abrázame" y lo hacía sin cansarse de tocar mi piel, sin irse hasta que fuera mi voluntad, sin darme la espalda. Sentía al sol posarse sobre mí, internarse en mi piel por cada poro. Como si los rayos del sol tomaran su forma, la forma varonil de mi santo y entraran en mí. 

A veces el deseo de destrucción era intenso, lo calmaba contándole a mi compañero mis ideas. Las terribles fantasías que deambulaban en mi mente: yo en el borde  de la desesperación me había arrancado todos los cabellos, los había envuelto en un trozo de papel estraza para regalárselos a aquél, el hombre altanero, para que se hiciera un té. Le había arrancado las orejas a mi gato para ponérmelas en Halloween. Le contaba esto a mi entidad, a mi compañero invisible y luego caía dormida.

Fueron buenos días para mí, luego estalló la guerra. Nadie a quien llamar ni decir adiós. No entendí si fueron los gringos los que comenzaron o si Europa contra los árabes encendió la trifulca, al final todos sacaron sus armas nucleares y la gente empezó a morir. El mundo se llenó de bonitos estallidos,  la tierra se libraba de la humanidad. Abracé a mi santo. Tenía sus cualidades. Me internaba en sueños, me daba alivio con el viento. Me hice ovillo bajo las escaleras. Ya venia la muerte con cara de gas cósmico.

BrenMar