Una bruma densa con quejidos de aves viejas. Una niebla se filtra por los rescoldos de mi mente. La parte rota de mi cabeza cual ventana, deja pasar también a las aves. Invaden las habitaciones, incluso a las que cubría con un velo por considerarlas puras. Invaden mis recuerdos, esos animales hambrientos rasgan las paredes, deshollan los muebles, vomitan los pisos. La niebla se extiende en mi habitación, la más reconfortante se ve disminuida a un chiquero, un desastre. Aves de largas uñas, patas flacas, de ojos verdes, de picos torcidos y podridos, esas aves pican mis sienes. Destruyen mi casa. Un hueco se abre en mi garganta. Se oprimen mis ganas de seguir. Hay días que no sé gritar. Hoy las aves posan sus patas en mi cabello y ríen, despedazan mi carne, no paran de graznar. No sé gritar, ni pedir ayuda. Soy la ruina de una hermosa pero débil casa. Inmóvil, el día se termina, suplico la niebla cese y surjan nubes rosadas.
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