Cada día, inevitablemente, me como a mi gato. Engullo sus ojos con licor, mastico su pelo y me trago su carne. Cada día le quito las orejas y la goma de sus patas. Dejo a un lado sus bigotes. Relamo mis labios y me siento culpable. Me quedo sola toda la noche tratando de cazar grillos. Cada día mi gato regresa, tiene muchas vidas y las potencia. Lo abrazo, le obsequio un ratón a ver si me perdona. Pero qué he de hacer: soy una depredadora que deja correr sus lágrimas pardas en un gato. Vivo en la madriguera citadina y estoy hambrienta. Por no descender a tocar el suelo infestado de lama, prefiero quedarme aquí y comerme a mi gato. Mas algún día le diré que se vaya.
A veces me asomo por la ventana a ver si algo ha cambiado, para ver si no han aplastado las flores, soy guardián de flores. Los brotes y capullos siguen pero cuando los aplasten he de ir a protegerlos ahí donde las disparidades dan muerte, donde todo individuo es peligroso y se abren zanjas para no mezclarse unos con otros.
Desnuda, con mis pechos tocando el aire, los pezones juegan con las hojas que los rozan. Me abalanzo sobre la ventana. Extiendo los brazos porque mis axilas necesitan el frescor meridiano. Abajo nadie me ve, ni ha de verme. No entienden que mi gato me quiere, me araña y literalmente me llena de cariño. Es gato y no gata, no tenemos problemas por ser distintos, a él le gusta acurrucarse en mi diferencia, no me lastima ni me lacera. No le interesa mi escasez de pelo mientras pueda amasarme las piernas. Aquí es más sencillo nacer, por eso mi gato nace cada día, vive y muere porque lo necesito.
Temo bajar: todo es fragmentación. Empezaron unos y le siguieron otros, después vinieron más y ahora son tantos luchando a muerte. Unos son más rencorosos y ciegos, otros más crueles y los hay simplemente idiotas.
Preferí volverme salvaje y dormir con mi gato en la esquina de la habitación donde las arañas reunidas atrapan a las moscas que traen resquicios de allá abajo, suciedad civilizada dentro de la inmundicia. A las hormigas les permito comerse mis dedos y otros bichos chupan mi sangre. Después viene mi gato y me acicala con su áspera lengua.
Así nos comemos unos a otros y estamos bien. Yo me como a mi gato pero a mí me comen los insectos, y estos mueren por las arañas y éstas también se dan banquete con las moscas, mi gato se come el ratón que le regalo y al ratón lo he visto comer chapulines que comen otros insectos.
Es mi gato y pronto le diré que se vaya. Ya he de caer muerta el día que baje con mi carne expuesta, con mi piel tan reprobable, con mis pezones vergonzosos y no voy a necesitar que me alimente.
Bren Mar
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