¿Los malestares intestinales son irrelevantes? No son sublimes pero siempre interfieren en lo práctico. En las juntas, en las charlas, en el encuentro romántico. Si duele, el color del mundo es plomizo. El dolor físico arrastra al dolor de existir. ¿Para qué aferrarse a vivir plagado de dolores constantes? ¿En las sienes, en las tripas, en los huesos? Las agruras de sentarse frente a un vaso con agua. El dolor de un cuerpo descompuesto, un poco roto de aquí, podrido de allá, destartalado de acá. Escucho música: es tan breve. Sigo recostada en al cama deglutiendo minutos que raspan mi garganta. Un espasmo moldea mi rostro. ¿La cara del dolor será arrugada como mi ceño y mis intestinos?
"El no ser perfecta, me hiere" escribió Sylvia Plath, y bien podía referirse a su alma o a su mente. Yo lo extendería al cuerpo destinado a la decadencia. A veces lenta, a veces precipitada. De una locura que punza en la frente, toma una píldora. De un desequilibrio en los bichos que te habitan, traga una pastilla. De una invasión indeseable bebe jarabe. Un remedio para vivir, aunque después duela otra vez. Extirpar lo que falla, lo que sobra. Sustituir lo deteriorado. Esperar meses, años para aliviar el mal. El dolor es fuerte y denuncia el arribo de la enfermedad. Un desperfecto en la construcción. La imperfección duele, y hiere.
El alma se exaspera y entierra las uñas. El cuerpo se remueve insistente. Vamos por cien años más para saborear los avances de la humanidad, y con suerte un medicamento para paliar cualquier dolencia. Aunque se hayan caído los dedos de tanto insistir y los ojos se hayan nublado de abrirlos demasiado por tratar de leer el mundo. Aunque siga el dolor como un golpe en el costado.
La vulnerabilidad es evidente. El acecho de los peligros, constante. El dolor inminente con su catálogo de lugares donde atacar. Se manifiesta la condición ridícula en que nos hallamos, sometidos al miedo de segur existiendo, por favor, lejos del riesgo. Si llega por la ventana un catarro del diablo o un accidente embrutecedor: nos desbaratamos. Ojalá no se sintiera. Pero se siente en la entraña. En la pierna necrosada. Estoy aquí con la orilla de mí en el abismo dispuesto al sueño. Mejor dormir a seguir con la aguja picando la lengua.
Cansancio. Hay una guerra, nubarrones, desagües en este cuerpo y sus sofisticados sistemas. He podido incorporarme en medio de un vomito ácido para escribir la despedida. Para callar. Tal vez el silencio sea corto como las canciones, amigo. Escribiré pronto.
Atte. Aras
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