Cada que surge una ola, tomo otro papel, tecleo un fondo blanco para derrochar como juguetes en la habitación, mis juegos y mentiras. Tengo ideas demasiado ordenadas para juntar unas con otras y son rebeldes también: mezclo poesía desorbitada con el canto de la respiración, palabras con un bello sonido que carecen de significado (son mis favoritas), dejan tantita locura chocolatosa en mí y van riéndose de lo vano de mi trabajo.
Hey, sí, estoy poseída, de vez en cuando, unas seis veces por mes no sé escribir cosas con lógica, ni tratados, desconozco la seriedad de la investigación, diez veces, sí pequeñito, ya sé: viene mi fracaso en el frasco de Alicia y me salta en la cara, allá voy. No quiero salir, ojalá estos dedos con hedor de Sylvia me dejarán un bocado de comida. Fantasma, oh cariño, hermoso cadáver de años, no comprenderás si te gusta cómo bailan las palabras, letras de fuego maternal y de mi fango viudo ¿bailamos? ¿vienes? Tarareo en el tiempo de tunas, trampolín de mis elogios y las tinas de truchas asesinas, azucenas de mi ombligo tácito.
Hoy soy no inteligencia, no astucia. Me construí de tornasol y del estornudo del sol que anocheció, voces de antaño, de vacíos en serie y espacios recónditos donde nadie llega con un cirio. Noche de tres mil habitantes rugosos aquí de bajo de mi cintura. Es la tercera vez, la tercera que me meto en los hospicios, en la huerta de frutos añejos, es la tercera vez que oigo un lamento mientras yazco poseída, ¿de quién seré ahora? ¿a quién he dejado esta noche llenarme de luz plañidera? Gusto de serlo, mientras dejo en el saco la preocupación de mi ineptitud intelectual.
Prefiero hartarme de tanta bonanza demencial, de música sin sentido en la avenida de mi descanso, mientras llego a los recuerdos, ¿no me has llamado? Deseo con insistencia llenarme de la media sonrisa y del canasto dulce, de mis lágrimas jubilosas que nacen antes de caer del castaño, antes de definirme como alguien. Prefiero ser ausencia en las cobijas, no, mejor el espacio vacío de las telarañas, de aquellas que tienen rocío matinal. Prefiero estar en lo inasequible, en el lamento que nadie vio, en el ruido del caracol al andar, en tus pensamientos veloces, donde apenas apareció mi ojo y pensaste que fue un roedor.
Se apaga lo que no puedo tocar y me posee.
Es la última vez, la última antes de que regresé a mi habitación de horarios y formas. Es la última vez que escupo al uniforme civilizado y me retuerzo como quien no entiende (no entiendo). En mis uñas queda algo de cariño, en mis dedos que saben tomar lo que les pertenece, vida en los extremos invisibles. La demolición de los nacientes y de todos ellos que apenas nacieron recae a veces aquí en la esquina espolvoreada de lo innecesario, sí, donde escribo, rumiante hartazgo de mi coxis, de las dos piernas con kilómetros en su historia . Es la última vez, la última.
BRENDA MARCELA R.M.
jueves, 16 de octubre de 2014
martes, 14 de octubre de 2014
Tus marcas
Me gustan todas tus marcas, las persigo. Líneas pequeñas de tinta, tus olores efímeros. En mi cuerpo habita el hambre, el prefijo de nuestro hablar. Antes de todo, estamos acariciándonos con el dolor de ser insaciables. Más para morder, más para beber, más par vivir en medio de tantas opiniones.
La violencia tiene un palacio, riquísimo por cierto, con vituperios en las alfombras y toda la cosa. Ahí deberían entrar sólo los sadomasoquistas como yo, las mil lepras y los tornados, todas las arcas que llevan a los muertos riendo obscenos con la lengua de fuera. Ay, requiero más dedos que tronar y romper, tengo veinte y no me alcanzan en la habitación que huele a desespero.
Leía tus libros y pensé: me gustan tus marcas finísimas. Las hiciste con tu mano derecha mientras calculabas la hora para marcharte, sí, eso creo. Recuerdo a alguien: quisiera ver a la mujer tan repleta como yo de sensaciones, que distinguió su nombre en la oscuridad y lo hizo un abanico de letras, que se erizo en un poema, hechizó sus ojos y fue amante sin tapujos, sin inhibiciones en las palabras ni en la carne. Tengo su nombre en mi mente, pero ella no vendrá. Así que escribo lo insatisfecha que soy, cómo se desborda mi hálito elemental, cómo quedo vacía después, y vuelvo a pedir más.
¿Terminaré hoy la meta? Comienzo a tener apetito, necesito saborear más las habitaciones, las calles, el sarro, los guisados que no sé preparar, el despertar de las flores, la agonía de la libélula, y luego, llevar mis palabras a los ríos que se repliegan, dejan su brillo, su olor a ceviche. Dejar las palabras entre los cabellos de estrellas marinas, mientras los gritos trepidantes de los niños que no querían salir y fueron a jugar suben por la ciudad, mientras la tierra traga ancianos y la vida traga niños.
Hambre. La barranca donde sueltas los labios es mía nada más. Nació blanca, morirá color violeta. No estás lleno ¿verdad? Es insuficiente el bolo cotidiano y mis pizcas de calor ultravioleta. Ten, ahora tendrás mi libido en tu espacio, en los metros cuadrados que a veces nos contienen. No basta ¿cierto? También requiero más qué sentir sobre tu asiento, no dice nada, está aquí soportando mis cuarenta y tantos kilos de agri-sol, de dul-terror.
Veía tus marcas, las inquietudes de tu silvestre alma, los grandes errores en tu construcción y mira: quedo deseosa de los cientos de ecos que contiene la historia, de las muertes no cuantificadas en el vientre de la naturaleza, de los gritos gatunos llenos de "más, más". Abrirás la puerta, tengo hambre. Alimento para tener más días o quizás dos llenos de esto.
BRENDA MARCELA R.M
La violencia tiene un palacio, riquísimo por cierto, con vituperios en las alfombras y toda la cosa. Ahí deberían entrar sólo los sadomasoquistas como yo, las mil lepras y los tornados, todas las arcas que llevan a los muertos riendo obscenos con la lengua de fuera. Ay, requiero más dedos que tronar y romper, tengo veinte y no me alcanzan en la habitación que huele a desespero.
Leía tus libros y pensé: me gustan tus marcas finísimas. Las hiciste con tu mano derecha mientras calculabas la hora para marcharte, sí, eso creo. Recuerdo a alguien: quisiera ver a la mujer tan repleta como yo de sensaciones, que distinguió su nombre en la oscuridad y lo hizo un abanico de letras, que se erizo en un poema, hechizó sus ojos y fue amante sin tapujos, sin inhibiciones en las palabras ni en la carne. Tengo su nombre en mi mente, pero ella no vendrá. Así que escribo lo insatisfecha que soy, cómo se desborda mi hálito elemental, cómo quedo vacía después, y vuelvo a pedir más.
¿Terminaré hoy la meta? Comienzo a tener apetito, necesito saborear más las habitaciones, las calles, el sarro, los guisados que no sé preparar, el despertar de las flores, la agonía de la libélula, y luego, llevar mis palabras a los ríos que se repliegan, dejan su brillo, su olor a ceviche. Dejar las palabras entre los cabellos de estrellas marinas, mientras los gritos trepidantes de los niños que no querían salir y fueron a jugar suben por la ciudad, mientras la tierra traga ancianos y la vida traga niños.
Hambre. La barranca donde sueltas los labios es mía nada más. Nació blanca, morirá color violeta. No estás lleno ¿verdad? Es insuficiente el bolo cotidiano y mis pizcas de calor ultravioleta. Ten, ahora tendrás mi libido en tu espacio, en los metros cuadrados que a veces nos contienen. No basta ¿cierto? También requiero más qué sentir sobre tu asiento, no dice nada, está aquí soportando mis cuarenta y tantos kilos de agri-sol, de dul-terror.
Veía tus marcas, las inquietudes de tu silvestre alma, los grandes errores en tu construcción y mira: quedo deseosa de los cientos de ecos que contiene la historia, de las muertes no cuantificadas en el vientre de la naturaleza, de los gritos gatunos llenos de "más, más". Abrirás la puerta, tengo hambre. Alimento para tener más días o quizás dos llenos de esto.
BRENDA MARCELA R.M
domingo, 12 de octubre de 2014
DESTEÑIDOS
Treinta mil filos en la epidermis
dispuestos a avergonzarme.
...................................................
No siempre mis palabras
hijas del paladar sediento
(de vino y lengua)
tienen significado.
.................................................
Rugidos del amanecer,
amores desteñidos
con olor a cobija,
abuelita triste
con manos corrugadas,
¿buscas al abuelo?
...........................................
Luz medieval
a la misma hora
de hace seiscientos años,
te escondes en los vidrios
rotos de mi reflejo.
BRENDA MARCELA
dispuestos a avergonzarme.
...................................................
No siempre mis palabras
hijas del paladar sediento
(de vino y lengua)
tienen significado.
.................................................
Rugidos del amanecer,
amores desteñidos
con olor a cobija,
abuelita triste
con manos corrugadas,
¿buscas al abuelo?
...........................................
Luz medieval
a la misma hora
de hace seiscientos años,
te escondes en los vidrios
rotos de mi reflejo.
BRENDA MARCELA
miércoles, 1 de octubre de 2014
Reconciliación
Fue una reconciliación, una sonrisa
triste. Acepté que debía ser así: transcurrir. No pelearé más
contigo, Tiempo, me heriste con la
saeta más sutil y llena de furia. Cada palabra será un resabio de
lo que no te he dicho, ojalá te incomode un poco, -dije con el corazón dolorido-. Oculta en mis
turbulencias, pienso en ti y ya se hace lejana la reconciliación.
Brenda Marcela R.M.
domingo, 21 de septiembre de 2014
Remembranzas
De mi extremo zodiacal
de mi eterno retardo
¿qué puede nacer
de mi letargo!
..........................
Noche redonda,
besé la mugre de sus dedos,
recuerdo, dejé sus palabras
ya con maldad engendrada
en esa avenida y vine aquí,
dejándolo allá.
..................................
No siempre este sentimiento
tiene lágrimas en los ojos,
suele aparecer callado
en el piso, con el olor cítrico
de un día de muertos.
Brenda Marcela R.M.
de mi eterno retardo
¿qué puede nacer
de mi letargo!
..........................
Noche redonda,
besé la mugre de sus dedos,
recuerdo, dejé sus palabras
ya con maldad engendrada
en esa avenida y vine aquí,
dejándolo allá.
..................................
No siempre este sentimiento
tiene lágrimas en los ojos,
suele aparecer callado
en el piso, con el olor cítrico
de un día de muertos.
Brenda Marcela R.M.
lunes, 8 de septiembre de 2014
Silbidos
Es el amor
lo que me permite decir al viento:
susúrrales un dulce canto.
Es el que me permite decir
a los árboles e insectos:
besen su corazón,
denles un fruto para reír
con el néctar vital,
cada día, déjenlos salir
con una flor en su alma
para sonreír al respirar...
Es la vastedad de mi cuerpo
la que me deja amar
creando nuevos cuentos
sin ramas crepitantes en el corazón,
la que deja escapar caricias
a través de las nubes
que son mi extensión,
es mi eco el que me permite estar ahí
en mi tierra
con los silbidos de mi corazón.
Brenda Marcela R.M
lo que me permite decir al viento:
susúrrales un dulce canto.
Es el que me permite decir
a los árboles e insectos:
besen su corazón,
denles un fruto para reír
con el néctar vital,
cada día, déjenlos salir
con una flor en su alma
para sonreír al respirar...
Es la vastedad de mi cuerpo
la que me deja amar
creando nuevos cuentos
sin ramas crepitantes en el corazón,
la que deja escapar caricias
a través de las nubes
que son mi extensión,
es mi eco el que me permite estar ahí
en mi tierra
con los silbidos de mi corazón.
Brenda Marcela R.M
domingo, 7 de septiembre de 2014
Ángeles
De donde vengo, apenas llegan los ángeles diáfanos y alados. Allá nunca han tenido una piel más humana, simple y fácil de romper.
Hoy, llego descalza al baldío, a mi oscuro cuarto en el noreste (eso creo), en el extremo de la casa. El escondite donde arrellano mis dolores para renacer al día siguiente con un alma embadurnada de fieras. Ya me iré a otro sitio, las canciones en la grabadora se hacen añejas, ya calzo otros zapatos, menos grandes, menos masculinos que los que mi padre me compraba.
Recojo basuras con el calor de mis manos, con su humedad trémula mato insectos. Siempre envejezco, no crezco. El olor de que algo se quema llega a mi nariz, quizás se están quemando los ángeles en la lumbre para cocinar elotes, quizás en en pasto que arde en el monte. Qué delicia.
Nadie palpita más de la cuenta, la cuenta es correcta, exacta. Caen una a una las cuentas de entre mis manos, allá vas, gatita. Cuenta una historia que yo envejecí temprano y volvía a nacer para contar esta historia. Sin embargo, son contados los días en que recuerdo todo lo contado.
Ahora, golpeo el sol de tu dentadura que sonríe, oh sí, sonríe.
Brenda Marcela R.M.
Hoy, llego descalza al baldío, a mi oscuro cuarto en el noreste (eso creo), en el extremo de la casa. El escondite donde arrellano mis dolores para renacer al día siguiente con un alma embadurnada de fieras. Ya me iré a otro sitio, las canciones en la grabadora se hacen añejas, ya calzo otros zapatos, menos grandes, menos masculinos que los que mi padre me compraba.
Recojo basuras con el calor de mis manos, con su humedad trémula mato insectos. Siempre envejezco, no crezco. El olor de que algo se quema llega a mi nariz, quizás se están quemando los ángeles en la lumbre para cocinar elotes, quizás en en pasto que arde en el monte. Qué delicia.
Nadie palpita más de la cuenta, la cuenta es correcta, exacta. Caen una a una las cuentas de entre mis manos, allá vas, gatita. Cuenta una historia que yo envejecí temprano y volvía a nacer para contar esta historia. Sin embargo, son contados los días en que recuerdo todo lo contado.
Ahora, golpeo el sol de tu dentadura que sonríe, oh sí, sonríe.
Brenda Marcela R.M.
martes, 2 de septiembre de 2014
Viajero
I
Oh Viajero, ahí estaba yo, mentando madres a las madres que me empujaron hacia el vagón. Pirañas que corrían por un pedazo de asiento, acurrucadas, encogidas en sí mismas, listas para dormir dentro de aquél asador.
II
Eramos miles y no sé por qué pero todos tenían, Viajero, la boca pegada con cola. Menos el tipo de a lado, que la abría y me fumigaba.
III
Tengo el alma contenida en mi extensión de mujer, y aunque es bella, tiene sus inconvenientes. Ojalá fuese del tamaño de tu bolsillo, para que me llevaras tú, y no la chingada.
IV
Días, años, dentro de la corriente moderna, fatigada y sin tiempo. Pensaba en esas cosas importantes de vivir, Viajero mío, cuando reí un poco en medio del olor nuestro que guarda la tierra: besos sudorosos, prisas inacabables, lo que fue comida y ya no es de nadie. Reí, y quise besar tu alma ¿Estarás ahora en otro cuento?
V
Me aguanté la risa. Parecían solemnes - también cansados, demacrados o aburridos, pero solemnes-. Pensé en el asiento reservado, Viajero: creo que no debería existir. Siempre hay quien aguanta ir parado y cede su lugar y hay a quien le va madres y sus nalgas prefiere aplastar.
Brenda Marcela R.M
Oh Viajero, ahí estaba yo, mentando madres a las madres que me empujaron hacia el vagón. Pirañas que corrían por un pedazo de asiento, acurrucadas, encogidas en sí mismas, listas para dormir dentro de aquél asador.
II
Eramos miles y no sé por qué pero todos tenían, Viajero, la boca pegada con cola. Menos el tipo de a lado, que la abría y me fumigaba.
III
Tengo el alma contenida en mi extensión de mujer, y aunque es bella, tiene sus inconvenientes. Ojalá fuese del tamaño de tu bolsillo, para que me llevaras tú, y no la chingada.
IV
Días, años, dentro de la corriente moderna, fatigada y sin tiempo. Pensaba en esas cosas importantes de vivir, Viajero mío, cuando reí un poco en medio del olor nuestro que guarda la tierra: besos sudorosos, prisas inacabables, lo que fue comida y ya no es de nadie. Reí, y quise besar tu alma ¿Estarás ahora en otro cuento?
V
Me aguanté la risa. Parecían solemnes - también cansados, demacrados o aburridos, pero solemnes-. Pensé en el asiento reservado, Viajero: creo que no debería existir. Siempre hay quien aguanta ir parado y cede su lugar y hay a quien le va madres y sus nalgas prefiere aplastar.
Brenda Marcela R.M
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