Te
daré un nombre, arrancado de la luz que se esconde bajo mi cama. Escupiré tu
pasado con mi cadavérica palabra sinusoidal. No te hago ni cosquillas, ¿verdad?
Moleré la desesperación, me dejó con pocos dientes, debo aplastar los celos,
incomprendidos asesinos que tan mala fama tienen. Ya me equivoqué contigo. Hablé
a mi antigua mujer, me respondió como siempre, cien versos en una hoja dorada.
Tú, me matas con la daga que te enterré, ni un verso de tu mano o de tu boca
empastada. Por eso me arranco la mirada. En un poema preliminar, derroché mi
corazón al fondo de un gran peñasco… ¿quién
se lo comerá? Búscame aunque no quieras.
Búscame en el funeral de la monja que conocí ayer, te invitaré un cigarro para
que me mires, amor mío. Y si te da asco el beso de mis labios rosas, no
importa, los besos pasan desapercibidos ante la locura de mis manos, ¿no ves?
Brenda Ramírez
No hay comentarios:
Publicar un comentario